Almas
en pericias
Amelia tejía su vida en
aquel páramo tan lejos de su historia y tan cerca de la luna. Cada mañana cosía
un cuadrado de lienzo agregándolo al resto que formaba una gualdrapa, aún
inconclusa, que debía enrollar para que entrara en la vieja cabaña.
En en un otoño olvidado en
el calendario y en su memoria concretó su fuga. Y así fue como la silla que
ocupaba en el taller de costura en el que trabajaba, permaneció vacía hasta el
verano. Simón, el dueño de la sastrería, mantuvo la firme convicción de que
regresaría hasta aquella mañana de fin de año. Nadie en el taller entendió por
qué luego de mirar el jazmín crecido en pimpollos blanquecinos, concluyó que
Amelia ya no volvería más y emprendió la tarea de guardar en una caja los
insumos de su mesa de trabajo: las tijeras, los botones, los ovillos de hilos,
los retazos de telas, sin darse cuenta que faltaban la mitad de cada uno.
Perdió su mirada en la lupa de mano pequeña guardada en la caja de madera
apoyada en el fondo de la mesa de costura. Abstraído del ruido de las máquinas
de coser que lo rodeaban y ajeno a las miradas de los empleados, Simón se
sumergió en el recuerdo de Amelia, la lupa y él mismo.
Y en esos minutos de cauta
introspección, comprendió el valor de la lupa de mano de Amelia. Durante los
diez años de oficio de costurera y de amor clandestino, Amelia no sólo entrelazaba
las telas para dar forma a las prendas prefiguradas, sino también los hilos invisibles
de esa relación tan honda como imposible en este mundo. Su lupa de mano era su artilugio
para verificar la perfección del pespunte manual en las telas y la franqueza de
Simón.
La ceremonia se repetía a
diario en su mesa de costura. Si la prueba visual magnificada, indicaba el
ribete ajustado, fusionaba los retazos en la máquina de coser y finalizaba su
trabajo.
En Simón la pericia no era
tan simple. A primera hora de la mañana y siempre simulando una supervisión
sobre la tarea de costura, él le susurraba al oído la concreción o no del
encuentro programado para la noche.
Amelia testeaba la veracidad
de los relatos excusatorios observando la mirada de Simón a través de su lupa. Si
la lente de la pequeña lupa le proyectaba el tono azulino de su mirada sabía
que la imposibilidad del encuentro era certera. Por el contrario, el aumento
espontáneo en las pupilas y el cambio de tonalidad a un verde-agua opaco en los
ojos de Simón, era señal irrefutable de una excusa falaz.
Él nunca pudo comprender el
sentido del uso de la lupa en manos de Amelia, pensaba que era una extensión natural,
como la pluma del escritor decidido a terminar una prosa antes que muera la luz
de la última estrella en el alba.
Amelia llevaba en su haber
diez años resumidos en mil cuatrocientas cuarenta tonalidades de miradas
captadas por la lente de su lupa de mano. Lo aceptaba con un único límite:
cuando el verde opaco superara veinte veces al azulino la suerte ya estaría
echada. Llegaría el tiempo de la huida, como vapor de una pava que hierve
prolongadamente, como un ángel transparente en una brisa fuerte o simplemente abandonando
el taller. Cerrar para siempre la puerta de su pensión y emprender camino al
bosque enmalezado y restituir su humanidad en esa cabaña que sólo ella conocía.
En esa mañana de otoño se
cumplió el algoritmo y se precipitó el destino. Luego de escuchar las excusas,
con la lupa de mano entre sus ojos y los de Simón y viendo cómo la mirada
reverdecía, ensayó una sonrisa amplia y en voz alta, para continuar con la
farsa de la supervisión del trabajo, le dijo a Simón:
-Muy bien, Don Simón, la matemática es exacta,
aquí hay unos veinte milímetros que sobran, hechura imperfecta. Comienzo de
nuevo-
No pasaron más de cinco
minutos y con la taza de café aún humeante, abandonó su mesa de costura y puso
fin a ese amor imperceptible. Y partió. Pasaron días para que su ausencia se
visibilizara. La transparencia de Amelia, no traspasaba el umbral de percepción
de los talleristas y de su mundo diminuto en la pensión alquilada.
Su nueva vida, amaneció en
la bruma del bosque. Escena mil veces pensada para el momento, en el que las
miradas verdes opacas ganaran el rostro de Simón.
El ómnibus la dejó en la
parada, a unas treinta cuadras de ese campo enmalezado y luego de una pausada
caminata con tan sólo un bolso cargado de retazos y recuerdos, llegó a esa
cabaña abandonada, que ahora pasaría a ser su morada.
Lo que siguió, no fue más
que fertilizar unos metros de tierra alrededor, cultivarla, llenarse los
pulmones de aroma de lavandas silvestres, procurarse las vasijas con agua del
manantial que cruzaba ese bosque perdido en el mapa, coser bajo el sol y la
luna llena. Los domingos soleados eran sus únicas conexiones con el mundo
trivial. Llevaba su bolso cargado de prendas y adornos de telas a la feria del
pueblo, cada venta era un hecho providencial.
Subsistía con lo mínimo para
respirar, leer en sus recuerdos y coser los retazos hurtados del taller para
crear el legado de ese amor clandestino e imperceptible: una manta con tantos
cuadrados de telas verdes y azulinas como miradas de Simón esculpidas en su
corazón.
Perdió la cuenta de los
días, otoños y veranos de ensamble a mano. Perdió el tiempo transcurrido en esa
cabaña.
La manta ya estaba casi
lista. Faltaban sólo trescientos cuarenta retazos para concluirla. Por
entonces, vivía las noches más largas en ese invierno, tal vez el más
impiadoso. El calor artificial se escurría rápidamente entre las rendijas de
los troncos añosos de la cabaña. El té consumido con urgencia y la gualdrapa
inconclusa eran el sostén en esas horas heladas.
Era noche de luna llena. Bañada
de luz blanca se acurrucó en su catre, envuelta por los verdes-azulinos de su
historia hecha manta. Feliz por ese resplandor que le permitía continuar
tejiendo su legado en la gualdrapa, y envuelta por el vapor de su té verde y el
silencio perenne de esa noche fría como témpano, continuaba enlazando los
retazos de su historia, hasta que un repentino golpe la paralizó.
Escuchó un puñetazo fuerte y
seco en la puerta de la cabaña. Saltó de su catre y llegó hasta la pequeña
ventana contigua.
Amelia, no vio ninguna
figura viva. Pero el sentido común, que aún conservaba, le indicaba que una
persona había golpeado su puerta. No vio a nadie, ni en sombras. Sólo una lupa,
su antigua lupa de mano, apoyada sobre el marco de la ventana.
Temblaba más que una tierra
azotada por un cismo. Por primera vez, vio amenazada su soledad y ultrajado el
recuerdo de su amor matizado verde-azulino. Por primera vez, sintió que su
muerte tal vez no sería invisible a los ojos de la humanidad. En ese mismo
instante sentía recaer el efecto pericial de su lupa sobre su alma acorazada.
Quiso salir para tomar la
pequeña lupa y mecerla entre sus manos. No pudo. Su cuerpo se petrificó con
lágrimas heladas que corrían por su rostro. Y envuelta en verde-azulina su alma
se fugó antes de lo previsto. Nuevamente el destino apuró el viaje de Amelia.
Esa noche, la luna resistió
las horas y la vieja cabaña se fundió en un rayo incandescente evaporándose
entre las pocas estrellas despiertas.
El amanecer encontró sólo
cenizas y la persistencia de un cielo gris que duraría casi trescientos
cuarenta días.






