martes, 4 de septiembre de 2018

Regalo de medio siglo



Su vida estaba marcada por una seguidilla de viajes a nuevos lugares donde guardar sus quimeras y sus ideales. Quería fundirlos en paredes vírgenes para evitar la muerte de lo amado. Llevaba en su interior una niña inconclusa que le recordaba el propósito de su existencia: disputar los signos de injusticia del mundo que habitaba. Medio siglo de obstinada peregrinación no calmó el sollozo de su alma por las tropelías humanas y por sus viejas ilusiones partidas. Pero a cambio, le regaló una aguda cognición sobre los homoapatosaurios, una especie de humanos X-Y modernos, que emulan la capacidad acomodaticia de los extinguidos fósiles para permanecer ocultos en las sombras. Reconocía sus cobardías, sus prepotencias y sus aires de escribas momificados. Olía sus perversidades en las risas espurias de sus rostros babosos. Fue entonces que, habiendo descubierto aquella cueva de miserables, emprendió la última partida. Ya no buscó una nueva morada. Permaneció en su refugio con los colores de sus banderas y la magia de sus musas. Amó para siempre esa casa con aire de bosque y vientos libertarios. Con aroma de lavandas silvestres. Acunó allí a su niña inconclusa salvándola de los falsos escultores que la convertirían en piedra. Y con más anarquía que fuerza, caminó el resto de su vida sabiendo que no hay claustros diseñados para sus sueños. Sólo la extensa libertad que abraza a su alma y la potencia de sus proclamas paridas en las noches eternas de su media centuria.


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