Su vida estaba marcada por una
seguidilla de viajes a nuevos lugares donde guardar sus quimeras y sus ideales.
Quería fundirlos en paredes vírgenes para evitar la muerte de lo amado. Llevaba
en su interior una niña inconclusa que le recordaba el propósito de su
existencia: disputar los signos de injusticia del mundo que habitaba. Medio
siglo de obstinada peregrinación no calmó el sollozo de su alma por las
tropelías humanas y por sus viejas ilusiones partidas. Pero a cambio, le regaló
una aguda cognición sobre los homoapatosaurios, una especie de humanos X-Y
modernos, que emulan la capacidad acomodaticia de los extinguidos fósiles para
permanecer ocultos en las sombras. Reconocía sus cobardías, sus prepotencias y
sus aires de escribas momificados. Olía sus perversidades en las risas espurias
de sus rostros babosos. Fue entonces que, habiendo descubierto aquella cueva de
miserables, emprendió la última partida. Ya no buscó una nueva morada.
Permaneció en su refugio con los colores de sus banderas y la magia de sus
musas. Amó para siempre esa casa con aire de bosque y vientos libertarios. Con
aroma de lavandas silvestres. Acunó allí a su niña inconclusa salvándola de los
falsos escultores que la convertirían en piedra. Y con más anarquía que fuerza,
caminó el resto de su vida sabiendo que no hay claustros diseñados para sus
sueños. Sólo la extensa libertad que abraza a su alma y la potencia de sus
proclamas paridas en las noches eternas de su media centuria.

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