jueves, 20 de septiembre de 2018


Almas en pericias

Amelia tejía su vida en aquel páramo tan lejos de su historia y tan cerca de la luna. Cada mañana cosía un cuadrado de lienzo agregándolo al resto que formaba una gualdrapa, aún inconclusa, que debía enrollar para que entrara en la vieja cabaña.
En en un otoño olvidado en el calendario y en su memoria concretó su fuga. Y así fue como la silla que ocupaba en el taller de costura en el que trabajaba, permaneció vacía hasta el verano. Simón, el dueño de la sastrería, mantuvo la firme convicción de que regresaría hasta aquella mañana de fin de año. Nadie en el taller entendió por qué luego de mirar el jazmín crecido en pimpollos blanquecinos, concluyó que Amelia ya no volvería más y emprendió la tarea de guardar en una caja los insumos de su mesa de trabajo: las tijeras, los botones, los ovillos de hilos, los retazos de telas, sin darse cuenta que faltaban la mitad de cada uno. Perdió su mirada en la lupa de mano pequeña guardada en la caja de madera apoyada en el fondo de la mesa de costura. Abstraído del ruido de las máquinas de coser que lo rodeaban y ajeno a las miradas de los empleados, Simón se sumergió en el recuerdo de Amelia, la lupa y él mismo.
Y en esos minutos de cauta introspección, comprendió el valor de la lupa de mano de Amelia. Durante los diez años de oficio de costurera y de amor clandestino, Amelia no sólo entrelazaba las telas para dar forma a las prendas prefiguradas, sino también los hilos invisibles de esa relación tan honda como imposible en este mundo. Su lupa de mano era su artilugio para verificar la perfección del pespunte manual en las telas y la franqueza de Simón.
La ceremonia se repetía a diario en su mesa de costura. Si la prueba visual magnificada, indicaba el ribete ajustado, fusionaba los retazos en la máquina de coser y finalizaba su trabajo.
En Simón la pericia no era tan simple. A primera hora de la mañana y siempre simulando una supervisión sobre la tarea de costura, él le susurraba al oído la concreción o no del encuentro programado para la noche.
Amelia testeaba la veracidad de los relatos excusatorios observando la mirada de Simón a través de su lupa. Si la lente de la pequeña lupa le proyectaba el tono azulino de su mirada sabía que la imposibilidad del encuentro era certera. Por el contrario, el aumento espontáneo en las pupilas y el cambio de tonalidad a un verde-agua opaco en los ojos de Simón, era señal irrefutable de una excusa falaz.
Él nunca pudo comprender el sentido del uso de la lupa en manos de Amelia, pensaba que era una extensión natural, como la pluma del escritor decidido a terminar una prosa antes que muera la luz de la última estrella en el alba.
Amelia llevaba en su haber diez años resumidos en mil cuatrocientas cuarenta tonalidades de miradas captadas por la lente de su lupa de mano. Lo aceptaba con un único límite: cuando el verde opaco superara veinte veces al azulino la suerte ya estaría echada. Llegaría el tiempo de la huida, como vapor de una pava que hierve prolongadamente, como un ángel transparente en una brisa fuerte o simplemente abandonando el taller. Cerrar para siempre la puerta de su pensión y emprender camino al bosque enmalezado y restituir su humanidad en esa cabaña que sólo ella conocía.
En esa mañana de otoño se cumplió el algoritmo y se precipitó el destino. Luego de escuchar las excusas, con la lupa de mano entre sus ojos y los de Simón y viendo cómo la mirada reverdecía, ensayó una sonrisa amplia y en voz alta, para continuar con la farsa de la supervisión del trabajo, le dijo a Simón:
 -Muy bien, Don Simón, la matemática es exacta, aquí hay unos veinte milímetros que sobran, hechura imperfecta. Comienzo de nuevo-
No pasaron más de cinco minutos y con la taza de café aún humeante, abandonó su mesa de costura y puso fin a ese amor imperceptible. Y partió. Pasaron días para que su ausencia se visibilizara. La transparencia de Amelia, no traspasaba el umbral de percepción de los talleristas y de su mundo diminuto en la pensión alquilada.
Su nueva vida, amaneció en la bruma del bosque. Escena mil veces pensada para el momento, en el que las miradas verdes opacas ganaran el rostro de Simón.
El ómnibus la dejó en la parada, a unas treinta cuadras de ese campo enmalezado y luego de una pausada caminata con tan sólo un bolso cargado de retazos y recuerdos, llegó a esa cabaña abandonada, que ahora pasaría a ser su morada.
Lo que siguió, no fue más que fertilizar unos metros de tierra alrededor, cultivarla, llenarse los pulmones de aroma de lavandas silvestres, procurarse las vasijas con agua del manantial que cruzaba ese bosque perdido en el mapa, coser bajo el sol y la luna llena. Los domingos soleados eran sus únicas conexiones con el mundo trivial. Llevaba su bolso cargado de prendas y adornos de telas a la feria del pueblo, cada venta era un hecho providencial.
Subsistía con lo mínimo para respirar, leer en sus recuerdos y coser los retazos hurtados del taller para crear el legado de ese amor clandestino e imperceptible: una manta con tantos cuadrados de telas verdes y azulinas como miradas de Simón esculpidas en su corazón.
Perdió la cuenta de los días, otoños y veranos de ensamble a mano. Perdió el tiempo transcurrido en esa cabaña.
La manta ya estaba casi lista. Faltaban sólo trescientos cuarenta retazos para concluirla. Por entonces, vivía las noches más largas en ese invierno, tal vez el más impiadoso. El calor artificial se escurría rápidamente entre las rendijas de los troncos añosos de la cabaña. El té consumido con urgencia y la gualdrapa inconclusa eran el sostén en esas horas heladas.
Era noche de luna llena. Bañada de luz blanca se acurrucó en su catre, envuelta por los verdes-azulinos de su historia hecha manta. Feliz por ese resplandor que le permitía continuar tejiendo su legado en la gualdrapa, y envuelta por el vapor de su té verde y el silencio perenne de esa noche fría como témpano, continuaba enlazando los retazos de su historia, hasta que un repentino golpe la paralizó.
Escuchó un puñetazo fuerte y seco en la puerta de la cabaña. Saltó de su catre y llegó hasta la pequeña ventana contigua.
Amelia, no vio ninguna figura viva. Pero el sentido común, que aún conservaba, le indicaba que una persona había golpeado su puerta. No vio a nadie, ni en sombras. Sólo una lupa, su antigua lupa de mano, apoyada sobre el marco de la ventana.
Temblaba más que una tierra azotada por un cismo. Por primera vez, vio amenazada su soledad y ultrajado el recuerdo de su amor matizado verde-azulino. Por primera vez, sintió que su muerte tal vez no sería invisible a los ojos de la humanidad. En ese mismo instante sentía recaer el efecto pericial de su lupa sobre su alma acorazada.
Quiso salir para tomar la pequeña lupa y mecerla entre sus manos. No pudo. Su cuerpo se petrificó con lágrimas heladas que corrían por su rostro. Y envuelta en verde-azulina su alma se fugó antes de lo previsto. Nuevamente el destino apuró el viaje de Amelia.
Esa noche, la luna resistió las horas y la vieja cabaña se fundió en un rayo incandescente evaporándose entre las pocas estrellas despiertas.
El amanecer encontró sólo cenizas y la persistencia de un cielo gris que duraría casi trescientos cuarenta días.




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